Una conversación en streaming con Maggie Steber sobre mi residencia de creación en Perla Blanca, Brasil 2019
Yo quería unos días de silencio. Estaba comenzando a desmontar la casa familiar, aquella en que crecieron mis hijos, y acababa de inaugurar Gran Mar, una exposición fotográfica importante que me exigió muchos meses de laboratorio y producción. Sentía una profunda necesidad de descansar.
Mientras veíamos juntos aquella exposición en julio de 2019, Geo Darder me invitó a refugiarme en Perla Blanca, Brasil. Él quería testearla como centro de creación de Copperbridge Foundation, como residencia para invitar artistas a crear. Él me describió el lugar como un punto de naturaleza aún salvaje, que lo es, y una cabaña muy simple, muy elemental. Tal cual. Él me habló desde una visión, la de su experiencia. Yo lo escuché desde mi anhelo. Llegar a una casa a pie de calle fue una primera sorpresa, yo la imaginaba a orilla del mar… Me abrió su puerta celeste, Yemayá.
Un par de sirenas y una gitanilla comparten altar con Yemayá. Ellas siempre me gustaron, no sólo porque anduvieran desnudas presumiendo sus bellas colas de pescado sino porque seducen cuando quieren y a quien quieren atrayendo al objeto de su deseo a lo profundo del mar. No es raro que esto pase. Mamacocha me fue seduciendo primero con caracolas y algas, flores de orilla y dibujos en el arena hasta empujarme a seguir la huella de los huireros, recolectores de algas del Pacífico Austral hasta convertirme en La Huira. Cuando ella se me presentó como mi alter ego, yo no sabía que era una sirena, hasta que me la topé de frente en un callejón de Barranco en Lima. Así son Yemayá, la Pincoya, tal vez Mamacocha y todas las demás pero también son madres y magas, rodean de riquezas a sus enamorados y los abrazan transformándolos.
Entré en Perla Blanca con Luna Nueva y Urano, el señor de las sorpresas, atravesando el firmamento. Inquietantes signos estelares para una travesía sin coordenadas…
No entendía ni una sola palabra a mi alrededor. Nada era lo que yo esperaba, pero eso no es raro, la Venus que me habita se enamora sin razones de una partícula del universo olvidando a todas las demás. No entender las voces y palabras ni tener coordenadas para ubicarse puede ser muy incómodo, sin embargo, un escenario así tiene la virtud de activar en mí nuevos sentidos y agudizar mis percepciones. Perla Blanca me puso mucha presión en un momento de grandes cambios y movimientos vitales, en un momento en que yo buscaba detenerme y hacer silencio para soñar nuevos deseos que atraer.
Creo profundamente en el placer como motor creativo, al modo de Einstein: “la creatividad es la inteligencia divirtiéndose” pero su opuesto también es un catalizador poderoso. Hoy sé que ese desconcierto que viví en Perla Blanca seis semanas antes del despertar de Chile, fue la premonición de un quiebre que en menos de seis meses se volvió una realidad planetaria… Sola y cansada, me arrastraron mis monstruos: naufragio mezclado con un cóctel de naturaleza inefable que por bella y pacífica me resultó amenazante y agresiva.
Primera tabla de salvación fueron mis cámaras y poner límites a mi entorno, asegurar mi silencio. Quería descubrir por mí misma el territorio, desde mi manera de ser, sin imposiciones.
Perla Blanca, la casa, lleva los colores de Yemayá que llegó desde Nigeria, justo al otro lado del Atlántico. Es un santuario de deidades sincréticas, un bellísimo altar de imágenes sagradas y objetos cargados de magia, atmósferas vivas. De noche cantan las palmas y los grillos, entran las ranas y mariposas, quien sabe… tal vez otros animales a quienes no conocí. Tras las rejas celeste y en compañía del viento, dormía sola y amortajada en una única sábana blanca para derrotar a los zancudos y ahuyentar a los espíritus que perturbaban mis sueños.
Me alimenté de frutas y a veces de algún pescado que me preparó María, una madre dulce que me vio asustada y me acunó amorosamente. Muy temprano en las mañanas, un baño de flores y agua fría enfocaba mis intenciones y al caer el sol, encendidas todas las velas de la casa y los altares, me entregaba a mi propio velorio meditando. Alguna de mis Isabeles caducas, moría en mi durante esos rituales; Yemayá, las sirenas y la gitanilla me acompañaron cuando quise enloquecer y aseguraron mi tránsito. La franja tropical tiene en mi un efecto de trance: Cuba, Yucatán, Brasil… ese desfase, esa incomodidad bella de sol y humedad, de noches calientes, me desplaza a un estado de conexión, lejos de la mente. Nada más alucinógeno que el ayuno y el silencio, produce visiones poderosas y conjura al ser que realmente habita nuestros cuerpos… sin máscaras. El alma, como en una toma de larga exposición, se presenta. Mis fotos atestiguan el miedo y la fascinación, el placer y el peligro de jugar sola en una orilla lejana: “Como mariposas, nunca se cansan de batir sus alas. El roce de sus hojas es música pariente de grillos y cigarras… Incluso esa alegría inocente puede ser arrancada con furia si no estamos firmemente enraizados, flexibles, pero en unidad con la tierra. Muchos cocoteros yacen en la orilla o al fondo de barra. Monumentales, como Moais abatidos, despojados de su magia, arrebatado su poder”.
Hice fotos para sostenerme a este lado de la vida. Dos años después las interpelo y me susurran qué somaticé el terror ante el colapso de nuestra civilización. Nada presagiaba lo que estaba amaneciendo o yo no lo vi venir, pero hoy se con certeza que mi residencia en Perla Blanca fue una premonición de soltar toda atadura, todo dolor, toda oscuridad y confiar; esperar lo nuevo danzando y cantando hasta conectar con ese ser que llevamos dentro. Pase lo que pase… En sueños vi como la Tierra se dejó seducir capa por capa escuchando mi canto para atraerla a su propia sanación. Pase lo que pase, todo va a estar bien.
Hoy saliendo del cuarto oscuro con la última foto que completa este trabajo, sé que esta serie habla de mi pánico ante el vértigo de soltar amarras del mundo conocido que, hoy sabemos, ya se fue. Vamos navegando, aún no hay puertos conocidos, agudizando la mirada y la piel para orientarnos desde el corazón hacia las estrellas. Todo es nuevo y todo es anterior a nosotros ¡Flores para Yemayá!