La Queda publicada por la Facultad de Arquitectura y Diseño de la Universidad Finis Terrae en Archipiélago, Cuaderno 02: Distancia.
Como los Camanchacos, antiguos pescadores del Pacífico Sur navegando en sus cueros de lobo, recorro la orilla del mar atrapando la luz en un minúsculo agujero.
Andando el territorio de aquellos que habitaron la costa de Atacama, me pregunto si la basura que me encuentro es la expresión actual de aquellos remotos pescadores nómades que viajaron a lo largo del mar recolectando algas, peces y mariscos, construyendo techos pasajeros para refugiarse en los días de pesca lejos de sus clanes. Ellos dejaron su huella en grandes depósitos de conchas que hoy nos revelan secretos sobre su extraordinaria forma de vida.
“Acampo en las dunas. Pienso cómo encontraremos las pinturas rupestres que vinimos a ver. Le pregunto a un joven pescador dónde están. Él está colectando algas con sus hijos pequeños, no van a la escuela los días sábado. Las pinturas me dice… Aún en su rostro vibra el saludo cuando entra en un ensueño: Mi madre nos llevaba de niños a ver esas pinturas. Suspendido en su propio viaje hacia la infancia, aún sonriendo dulcemente me mira directo a los ojos y me dice que no sabe dónde están y me advierte que es un paseo súmamente peligroso. Insisto en que nos lleve. Él me habla del riesgo de las quebradas, del eslabón que falta en su memoria y de la temible Camanchaca, el velo que niebla tanto el paisaje como el entendimiento, adentro como afuera… No, el no puede guiarnos a las pinturas sin embargo, con ojos chispeantes otra vez me dice: La Queda. Ahí dónde está la queda con el bote abandonado, ahí pueden comenzar a buscar.”
La Queda. Nunca escuché esa palabra antes. La Queda irrumpe en mi imaginación a través de mi estenopeica, conquistando mis ojos y mi corazón, lanzándome tras la pista de estos imposibles refugios contra la hostilidad del Pacífico.
Me conmueven aquellos que han habitado la orilla desde hace 8 mil años, adaptándose a las olas y el viento, la sal y arena, el sol inmenso y la niebla oscura. Explorando sus capachas, caminando entre desechos abandonados, me pregunto si mi trabajo no es más bien una obsesión de mi propio anhelo de abrigo, o mi desconcierto ante nuestra fragilidad, esa que movió a Prometeo a robar el fuego de los dioses para iluminar y dar calor a la humanidad.
Isabel Fernández Echavarría
*Queda, de quedarse; Capacha, son palabras surgidas de la necesidad de techo en las duras condiciones que trabajan los pescadores artesanales del Pacífico Sur, en las costas de Sudamérica.